Cordelia, cuando llegué del orfanato, me preparó la habitación en la última
planta. Al cerrar la puerta no pude evitar llorar de alegría. Aquella
desconocida, mi nueva madre, había puesto todo su cariño en hacer de aquel
caserón rodeado de campo mi nuevo hogar.
Creí que sería de desagradecido decirle la verdad: que la casa era un nido
de cuervos. Que entraban y salían como si fueran los dueños del lugar, y
nosotros sus invitados. Por las noches, se les escuchaba danzar y aletear
dentro del tejado, entre las huesudas vigas que hacían eco de sus graznidos; pero
lo más sorprendente era cuando repetían una y otra vez la misma frase. Me
causaba terror escuchar palabras humanas entre sus chirriantes quejidos…
─¡Nunca digas! ¡Nunca digas! ─se les escuchaba graznar.
No podía ser descortés y reclamar a mi buena madre que me cambiara de
habitación, después de tantos sacrificios.
Decidí intentar atraparlos, expulsarlos de allí, incluso envenenarlos; pero
siempre se salían con la suya entre oxidadas risas de bisagra y sus «nunca digas».
Vino el invierno, la señora Cordelia, Mamá, aseguró que con el frío llegaría la
tranquilidad; y así ocurrió. Con la primera nevada pude dormir de un tirón. Sin
ruidos, sin cuervos, sin sus burlas. La nieve borró con su blanco manto los
recuerdos de noches pasadas.
Días de frío frente al fuego del hogar, tazas de chocolate caliente y olor
a encina quemada. Fui feliz con mi nueva familia.
Al poco tiempo, mi espíritu volvió a estar sereno. Sonreía a la mínima ocasión,
volvía a ser aquel niño risueño que no sabía nada de orfanatos ni de soledad.
Una bendición que hacía cicatrizar la muerte de mis padres.
Mamá Cordelia hacía pasteles de
canela y miel mientras escuchábamos la radio. El olor a leche hervida y puré de
calabaza. Las canciones del viento en el cobertizo. La última visita del
inspector tutelar… Mamá hablaba de lo importante que era para ella cuidar de
mí, ella también había sido huérfana cuando niña. Sabía que un niño sin familia
era como un huevo vacío, una cáscara que cada vez se cerraba más y más hasta
quedar hueca. Mi cariño encontró un lugar para anidar y recibir.
Pasados unos meses, los cuervos eran ya parte de mi vida pasada, pero a
veces volvían con mis pesadillas: sombras revoloteando el techo de la
habitación que me hundían en un mar de plumas negras. Sabía que tendría que
enfrentarme a mis miedos, tarde o temprano.
Pasó el invierno y llegó el primer indicio de su vuelta. Mamá preguntó por
sus lentes, habían desaparecido igual que su cadena de oro, el broche de la
abuela y el peine de nácar. Al derretirse la nieve del tejado se les escuchaba
en el silencio de la noche. Volvían a espantar mis sueños.
─¡Nunca digas! ¡Nunca digas!─rezaban bajo el tejado.

Por la mañana, Mamá rogó que subiera
al entretecho, que buscara sus gafas o podría tener un accidente. Yo sabía dónde
estaba el nido de aquellos ladronzuelos, justo encima de mi habitación. No
podía defraudarla, era la primera vez que podía demostrar lo agradecido que le estaba
por darme un hogar. Así que aflojé el tablón del falso techo y trepé por la
abertura. No pude siquiera ponerme de
cuclillas, aquel lugar era tan estrecho que solo los cuervos podían andar a sus
anchas. Tuve que arrastrar el cuerpo entre polvorientas vigas, por un túnel que
parecía el esqueleto de un barco volteado. Los rayos de sol se filtraban
formando finas cortinas de luz que iluminaban el camino y transformaban las
partículas de polvo en diminutas estrellas. Al fondo, cercano a la roca caliza
de la chimenea, se encontraba el nido.
La vieja casa tenía pequeños túneles que circulaban entre las paredes y
repartían el calor del hogar. Como si estuviera delante de mí, podía
escuchar a Cordelia preparando el almuerzo. La melodía de la radio, el cuchillo
cortando zanahorias y el bullir del agua subían por los conductos haciendo
temblar las telas de araña.
De repente, en un rincón hubo movimiento… No esperaba encontrar ningún
cuervo, ya que los vi salir a la hora del desayuno, como siempre. Pero debido a
mi postura, tumbado a lo largo, y a la poca altura de las tejas solo logré ver pasar
una sombra entre la penumbra. La situación era de lo más incómoda, así que avancé
lo más rápido que pude hacia mi destino, arrastrándome sobre mi estómago.
Cuando llegué al nido lo vi a rebosar de objetos brillantes. Además de los
aludidos, había cuentas de vidrio, trozos de porcelana, y hasta un ojo de cristal
que parecía sorprendido de verme; seguramente el recuerdo de algún antiguo
inquilino.
Pero lo más extraño fue la cantidad
de cáscaras de huevo que había a su alrededor. Tenían pecas marrones sobre
fondo de jade, parecían llevar generaciones amontonándose unas sobre otras
formando dunas verdes. Aquello me desveló a los verdaderos dueños de la casa.
Era extraño pensar que la familia de
cuervos tuviera raíces profundas, seguramente vivían allí desde siempre ─¿Quién
era yo para invadir su casa?─. En ese momento, sentí una punzada en la pantorrilla
que me devolvió a la claustrofóbica realidad.
Intenté volver siguiendo el rastro que había dejado en el polvo, aunque el
miedo hizo que equivocara el camino y tuviera que volver atrás. De nuevo noté
un movimiento muy cerca de los pies. Escuché golpecitos sobre las vigas, se
acercaban en varias direcciones. Aterrado, pensando en que los cuervos podían
estar ocultos tras la oscuridad… acechando,
comencé a gritar.
Nunca olvidaré esa sensación de terror, esa presión en el pecho como si tuviera
una tenaza apretando mis costillas, las lágrimas calientes y el nudo en la
garganta… Se hizo una eternidad, y eso que Mamá asegura que solo tardó dos
segundos en subir. Fue como vivir una de mis pesadillas.
La luz de su lámpara espantó las sombras, y en su lugar una veintena de cuervos
jóvenes rodeaban mi cuerpo encogido. Todos, como si la sola presencia de mamá Cordelia
ejerciera de balanza, agacharon sus cabezas avergonzados por su travesura.
—Bien, hijos míos. Saludad a vuestro hermano —dijo antes de que comenzaran
a graznar al unísono como una legión de demonios.
Mirase donde mirase, solo veía picos abiertos dándome la bienvenida
mostrando sus lenguas azules. De entre todos los cuervos, vi a uno con la
cuenca del ojo vacía que sentenciaba mi nuevo destino.
—Y recordad lo que debéis hacer cuando venga el siguiente miembro… —exclamó
mamá.
—¡Nunca digas! ¡Nunca digas!—graznamos todos dibujando una sonrisa de
orgullo en la cara de Mamá.